“Me siento orgulloso de haber terminado mis estudios sin IA”. Esta fue mi reflexión antes de escribir sobre esto. Estudié psicología leyendo despacio, subrayando con lápiz, equivocándome en los ensayos, reescribiendo lo que no sonaba bien. Nadie me corregía el estilo en segundos. Nadie me resumía en treinta palabras lo que el autor tardó trescientas páginas en construir. Tuve que pensar, tuve que tolerar el demorar en encontrar respuestas a mis dudas. Muchas veces tuve que quedarme sentado con una pregunta compleja hasta que lograba encontrar un camino hacía una respuesta.
Hoy me pregunto si las generaciones que están creciendo con IA van a tener esa experiencia.
Hay algo que pasa cuando uno piensa de verdad, sin la ayuda de una red wifi al alcance de tu mano; se forma una musculatura interna que no tiene nombre oficial pero que yo llamo “capacidad de exprimir tu cerebro”; la capacidad de ocupar todos tus recursos cognitivos cuando no hay respuesta inmediata a una situación en particular. La capacidad de soportar la dificultad de no saber, la capacidad de construir una opinión propia aunque nadie la valide en 0,3 segundos.
Esta musculatura no se desarrolla cuando la respuesta ya está servida y alcance de un click.
La psicología cognitiva lo tiene documentado hace décadas. Robert Bjork, investigador de la Universidad de California, identificó lo que llamó “desirable difficulties” (dificultades deseables); el aprendizaje que cuesta, que exige esfuerzo, que frustra un poco, es el que deja huella neurológica real. No porque el sufrimiento sea bueno en sí mismo, sino porque el cerebro consolida mejor aquello por lo que tuvo que esforzarse y trabajar más. Cuando la respuesta llega sin esfuerzo, el cerebro no la registra con la misma profundidad. La procesa, la usa, y la olvida.
Lo que yo viví estudiando, esa incomodidad de no entender, ese proceso de reescribir hasta que algo sonaba lógico y con sentido, no era ineficiencia; era aprendizaje real ocurriendo.
los jóvenes que hoy delegan su pensamiento en una pantalla están, sin saberlo, delegando también su criterio, su capacidad de opinión, su tolerancia a la frustración, y parte de su identidad personal e intelectual. No porque sean flojos, sino porque nadie les está diciendo que el proceso de pensar, aunque sea lento, aunque sea imperfecto, es parte de lo que los va a hacer personas con carácter.
En psicología del desarrollo, esto tiene un nombre preciso: “la tolerancia a la frustración es una función ejecutiva”. No un rasgo de personalidad, no una virtud moral, es una función ejecutiva. Se ubica en la corteza prefrontal, se desarrolla con la experiencia repetida de enfrentar obstáculos y superarlos, y es uno de los predictores más robustos de bienestar psicológico en la adultez. Walter Mischel lo demostró con su famoso estudio del malvavisco en Stanford: los niños que podían tolerar la espera tenían mejores resultados décadas después en salud, relaciones y rendimiento académico. La capacidad de aguantar la incomodidad sin escapar de ella forma personas más completas. Y esa capacidad se entrena o se atrofia.
La IA no es el problema. De hecho, creo que es una de las herramientas más poderosas que ha tenido la humanidad en mucho tiempo. Nos permite acceder a conocimiento que antes requería años. Permite a personas con barreras de acceso educativo alcanzar niveles de comprensión que antes eran impensables. Permite que un psicólogo en Santiago de Chile lea en minutos una investigación que tardó décadas en producirse. Eso no es poco. Eso es extraordinario.
Pero toda herramienta poderosa exige una pregunta igual de poderosa: ¿Para qué la estoy usando?
Usada con criterio, la IA amplifica el pensamiento humano, pero usada como sustituto del pensamiento humano, atrofia la capacidad de pensar; así de simple.
Y la diferencia entre esas dos formas de usar la misma herramienta no la determina la tecnología, la determino yo. Y su influencia sobre mi, se determina en base a si he desarrollado o no el hábito de pensar por mi mismo.
Este es el riesgo real para las generaciones que vienen; no es que la IA sea mala. Es que si llegan a ella sin haber desarrollado primero su propia capacidad reflexiva, la van a usar para no pensar. Y eso, con el tiempo, se convierte en dependencia. En incapacidad de sostener una postura propia bajo presión. En dificultad para tomar decisiones complejas sin validación externa.
En psicología clínica esto se llama “locus de control externo”; que es la tendencia a buscar fuera de uno mismo la respuesta a lo que ocurre dentro. Julian Rotter, quien desarrolló este concepto en los años sesenta, demostró que las personas con locus de control predominantemente externo presentan mayores niveles de ansiedad, menor capacidad de afrontamiento ante la adversidad, y más dificultad para sostener decisiones propias bajo presión. No es un diagnóstico. Es un patrón. Y los patrones se forman con la repetición de pequeñas decisiones cotidianas, como la decisión de pensar por uno mismo, o de delegarlo.
En mi trabajo clínico y en el acompañamiento a líderes, veo adultos que no saben estar solos con sus propias ideas. Que necesitan que alguien o algo les diga qué sentir, qué decidir, qué creer. Eso no empezó con la IA. Pero la IA, mal usada, puede profundizarlo de una manera que todavía no medimos bien.
Me siento orgulloso de haber terminado mis estudios pensando. No porque mi generación sea mejor. Sino porque ese proceso me enseñó algo que ningún algoritmo me habría dado: CRITERIO PROPIO. La incomodidad de no saber ni entender a la primera, si se tolera bien, produce esta habilidad personal tan valiosa. Y el criterio (la capacidad de pensar por uno mismo, de cuestionarse, de equivocarse con conciencia) es lo que distingue a una persona que usa herramientas IA, de una persona que es usada por estas.
Entonces, ¿cómo usar la IA sin que nos quite lo más humano?
Después de usar estas herramientas en mi práctica clínica, en la escritura y en el trabajo con líderes, he llegado a algunas conclusiones que comparto como criterios, no como reglas:
1. Piensa primero, consulta después.
Antes de preguntarle algo a la IA, escribe tu propia respuesta aunque sea incompleta. Aunque sea un párrafo torpe. Ese ejercicio previo activa tu pensamiento propio. Y cuando leas lo que la IA responde, lo harás desde un criterio formado, no desde un vacío que cualquier respuesta puede llenar.
2. Usa la IA para expandir, no para reemplazar.
La IA es extraordinaria para mostrarte ángulos que no habías considerado, investigación que no conocías, o formas de decir algo que ya pensabas. Úsala como un interlocutor que amplía tu pensamiento, no como el autor de tu pensamiento.
3. Desconfía de la respuesta que llega demasiado fácil.
Si una respuesta de la IA te convence de inmediato sin generarte ninguna pregunta, es una señal de alerta para ti…preocúpate. El pensamiento crítico se ejercita en el roce, en la duda, en el “¿y si esto no es del todo correcto?”. Hazte esa pregunta siempre.
4. Reserva espacios de pensamiento sin pantalla.
Así como el cuerpo necesita ejercicio para no atrofiarse, la mente necesita momentos de trabajo sin asistencia. Escribe a mano algunas veces. Reflexiona sin buscar. Tolera no saber por un rato antes de consultar. Esos momentos son los que construyen la musculatura interna que ninguna herramienta puede darte.
5. Úsala para aprender más, no para aprender menos.
La IA puede ser el punto de partida de un aprendizaje, nunca el punto de llegada. Si te explica un concepto, ve a la fuente original. Si te resume un libro, léelo después. La síntesis sin profundidad es información sin raíz, y la información sin raíz no forma criterio.
6. Pregúntate periódicamente ¿Estoy pensando más o menos que antes?
Esa es la pregunta honesta. Si la IA te está ayudando a procesar mejor, a generar más ideas, a tomar decisiones más informadas, entonces la estás usando bien. Si la estás usando para evitar el esfuerzo de pensar, ya sabes la respuesta… te estas trasformando una persona menos pensante.
La pregunta que le dejo a quienes están formando a las generaciones que vienen no es si deberían usar IA. La pregunta es ¿estamos también enseñándoles a pensar sin ella?
Porque una persona que sabe pensar sola, cuando tiene una herramienta IA poderosa en las manos, la convierte en algo extraordinario. Una persona que nunca aprendió a pensar sola, con la misma herramienta en las manos, solo encontrará una forma más eficiente para no seguir pensando.
Ps. Marco Andrés González
Psicólogo Clínico · Especialista en Trastornos de Personalidad y Trauma
IG: @soy.marco.gonzalez