Hace varias semanas atrás, en una conversación con un grupo de adolescentes, escuché una frase que no entendí: “Ese tipo farmea mucho aura”.
Lo dijo con admiración. Con el mismo tono con que yo, a su edad, habría dicho “ese tipo es bacán”, pero había algo diferente. Había una precisión en la descripción que me llamó la atención. No era solo “es popular”, era algo más específico; era una forma de decir: “ese tipo tiene algo que yo quiero tener, y lo proyecta de una manera que el grupo reconoce y valida”. Empecé a investigar. Y lo que encontré me pareció, como psicólogo clínico, mucho más interesante de lo que esperaba.
Primero, lo básico: ¿qué es farmear aura?
El término viene de dos mundos que la Generación Z habita con naturalidad; los videojuegos y las redes sociales. “Farmear” viene del inglés to farm, y en el universo gamer significa repetir acciones de manera sistemática para acumular recursos, experiencia o puntos. “Aura”, en este contexto, hace referencia a esa presencia magnética, carismática y segura que algunas personas proyectan sin aparente esfuerzo.
Farmear aura, entonces, significa realizar acciones deliberadas y repetidas para proyectar carisma, confianza y presencia, acumulando simbólicamente “puntos de aura” ante el grupo. No existe una métrica oficial ni un marcador real. Pero la lógica de internet lo resolvió con humor: “+1.000 de aura” cuando alguien hace algo cool, “-5.000 de aura” cuando alguien la caga en público.
Lo que empezó como un meme en TikTok se transformó en competencias presenciales en plazas de Brasil, Argentina, Chile y toda Latinoamérica, donde dos jóvenes se enfrentan cara a cara para proyectar la mayor presencia posible ante una multitud que los evalúa en tiempo real.
Simple en apariencia. Profundo en significado.
¿Qué está pasando realmente en la mente del joven que farmea aura?
Cuando un adolescente farmea aura, desde afuera puede parecer una pose, un juego, algo superficial. Pero desde la psicología, lo que está ocurriendo es bastante más complejo y bastante más humano.
Lo primero que hay que entender es que la adolescencia es, por definición, el período del desarrollo humano donde la identidad se construye activamente. Erik Erikson, uno de los teóricos más influyentes del desarrollo psicológico, describió la adolescencia como la etapa de la crisis entre identidad versus confusión de rol. El joven está en pleno proceso de responder una pregunta que no siempre puede formular con palabras: ¿quién soy yo, y cómo quiero que el mundo me vea?. Farmear aura es, en este contexto, un laboratorio de identidad.
El joven está ensayando versiones de sí mismo. Está probando qué actitudes generan reconocimiento, qué gestos producen admiración, qué forma de moverse en el mundo le devuelve una imagen positiva del grupo. No es vanidad, es construcción de self (el self es, básicamente, la sensación de ser uno mismo: la voz interior que te dice «este soy yo» a lo largo de tu vida). Es el proceso natural y necesario de encontrar una identidad que se sienta propia y que al mismo tiempo sea reconocida por los demás.
Desde la neurociencia, también hay algo importante que considerar; el cerebro adolescente está en pleno desarrollo de la corteza prefrontal (la región responsable del control de impulsos, la planificación y la regulación emocional). Mientras tanto, el sistema límbico, que regula las emociones y la búsqueda de recompensa, está en su peak de actividad. Esto significa que el adolescente es, literalmente por diseño neurológico, un ser máximamente sensible a la aprobación social y al reconocimiento del grupo. Farmear aura activa exactamente ese sistema de recompensa. No es capricho; es biología en pleno desarrollo.
¿Cuál es la necesidad psicológica detrás?
Debajo de la pose, del gesto cool, del “+1.000 de aura” hay necesidades psicológicas profundas y legítimas que merece la pena nombrar.
Necesidad de pertenencia. Abraham Maslow la ubicó como una de las necesidades fundamentales del ser humano, solo superada por las necesidades fisiológicas y de seguridad. El joven que farmea aura no solo quiere ser visto, quiere ser aceptado. Quiere pertenecer a un grupo que lo reconoce como alguien con valor. En un mundo donde la soledad juvenil ha alcanzado niveles clínicamente preocupantes a nivel global, esta necesidad es más urgente que nunca.
Necesidad de autoeficacia. Albert Bandura demostró que la percepción que tenemos de nuestra propia capacidad de influir en el entorno, lo que él llamó autoeficacia, es uno de los predictores más poderosos de bienestar psicológico. Cuando un joven farmea aura y el grupo responde positivamente, recibe una señal concreta de que genera influencia en otros. Que sus acciones importan. Que puede mover algo en el mundo.
Necesidad de identidad validada. No basta con saber quién eres. La identidad necesita ser reconocida por otros para consolidarse. El joven que recibe “+1.000 de aura” está recibiendo algo más que un halago; está recibiendo confirmación de que la versión de sí mismo que proyecta es real, es válida, es digna de admiración.
Estas no son necesidades superficiales. Son necesidades psicológicas legítimas expresadas en el lenguaje de una generación, que para quienes nacimos en los 80, no es un desafío entender.
¿Es bueno o malo psicológicamente farmear aura?
Esta es la pregunta que más me hacen padres, colegas, amigos y personas en mis talleres; y esta pregunta requiere una respuesta más matizada. La respuesta honesta es: depende de cómo se haga y de qué se construya con ello.
Lo que puede tener de positivo para el adolescente:
Farmear aura, en su versión más sana, implica desarrollar presencia social, confianza en uno mismo, capacidad de leer al grupo y de proyectar seguridad bajo observación. Estas son habilidades y competencias de inteligencia social; y son genuinamente útiles para la vida. Un joven que aprende a sostenerse con calma frente a una multitud, que puede mantener la compostura cuando todos lo miran, que desarrolla consciencia de cómo su presencia afecta a los demás; ese joven está entrenando una musculatura psicológica de alto valor e importancia para enfrentar la vida a futuro.
Hay también un elemento de regulación emocional implícito. Una de las reglas del ”farmeo de aura” es no perder la compostura. No reírse cuando se supone que debes mantener el personaje. No mostrar nerviosismo. En términos clínicos, eso es “entrenamiento de tolerancia a la activación emocional bajo presión social”, una habilidad que DBT, trabaja explícitamente con pacientes que tienen dificultades de regulación emocional.
Lo que puede tener de riesgoso para el adolescente:
El problema aparece cuando la necesidad de aura se vuelve el motor principal de sus decisiones. Cuando el joven comienza a construir su identidad exclusivamente sobre la base de lo que el grupo valida, y pierde contacto con lo que genuinamente siente, piensa o valora.
Esto tiene un nombre clínico: “identidad dependiente de la validación externa”. Y es un patrón que en casos extremos puede derivar en rasgos histriónicos o borderline, en dificultad para sostener una autoimagen estable cuando el reconocimiento no llega, o en ansiedad social severa cuando el “aura” se pierde o no es reconocida.
La búsqueda de aura puede llevar a algunos jóvenes a exponerse a situaciones de riesgo para generar contenido impactante. Ya se han reportado casos en Latinoamérica donde las batallas de farmeo de aura terminaron en situaciones de violencia o exposición peligrosa. La línea entre exploración sana de identidad y dependencia de validación externa es real; y como padres y adultos, debemos estar observando a nuestros hijos en esto. Nuestro rol es poder cuidar su sano crecimiento valórico e identitario.
¿Cómo impacta esto a las familias y a la sociedad?
Para muchas familias, el farmeo de aura es simplemente incomprensible. Y esa incomprensión, si no se maneja bien, puede convertirse en distancia emocional; hasta inclusive física. El padre o la madre que ve a su hijo dedicar horas a perfeccionar una pose para TikTok, o que sale a una batalla de aura en la plaza pública, puede interpretarlo como pérdida de tiempo, superficialidad o incluso como una señal de alarma. Y desde esa interpretación, la respuesta más común es la crítica, el juicio y el prejuicio; lo cual el joven vive como rechazo y que genera una brecha generacional importante en la comunicación y comprensión con nuestro ser querido.
A nivel social, esta tendencia está revelando que los jóvenes de hoy construyen su identidad y su estatus en espacios que las generaciones anteriores no habitamos de la misma manera. Las plazas y las redes sociales se han convertido en los nuevos patios de colegio, con sus propias reglas, sus propias jerarquías y sus propios rituales de pertenencia. Lo que la sociedad hace con esto importa. Ridiculizarlo no lo hace desaparecer, ignorarlo tampoco. Lo que sí funciona siempre, es entenderlo.
¿Cómo conectarnos con esta generación desde la comprensión?
Si eres padre, madre, profesor, líder o simplemente alguien que quiere entender mejor a los jóvenes de hoy, aquí hay algunos tips que te quiero compartir:
Primero, cambia tu lente. Antes de evaluar si farmear aura es bueno o malo, pregúntate qué necesidad está satisfaciendo. Un joven que farmea aura está buscando pertenencia, reconocimiento e identidad; exactamente lo mismo que tú y yo buscábamos a esa edad, con los códigos de nuestra generación. El lenguaje cambió. La necesidad no.
Segundo, pregunta antes de opinar. Preguntar “¿Qué es eso que estás haciendo?” con curiosidad genuina abre conversaciones. Decir “la estupidez que estás haciendo” cierra para siempre puertas de diálogo. La curiosidad y el interés son el puente más poderoso entre generaciones.
Tercero, observa el patrón, no el episodio. Un joven que farmea aura ocasionalmente, que tiene amistades, que rinde en sus actividades y que muestra bienestar general no está en riesgo, solo está siendo adolescente. El patrón que merece atención clínica es cuando la búsqueda de validación se vuelve compulsiva, cuando el joven no puede funcionar sin la aprobación del grupo, o cuando la pérdida de aura produce reacciones emocionales desproporcionadas, hasta el punto de la desregulación.
Cuarto, ofrece aura real en casa. Uno de los factores protectores más robustos en la adolescencia es tener al menos un adulto significativo que te vea, te nombre y te reconozca. Si un joven recibe en casa el reconocimiento genuino de que su presencia importa, de que lo que dice tiene valor, de que es alguien digno de atención, su necesidad de buscarlo compulsivamente afuera disminuye de manera significativa. La familia puede ser el mejor antídoto contra la dependencia de validación externa.
Quinto, no compitas con la cultura, conéctate con ella. No necesitas entender cada meme ni saber bailar como en TikTok. Pero sí necesitas saber que farmear aura existe, que tiene un significado real para tu hijo o tu alumno, y que detrás de esa pose hay una persona construyendo su identidad con las herramientas que su época le dio.
Solo te digo que cada generación farmea aura a su manera. La mía lo hacía con otras poses, en otros espacios, con otros códigos. La de nuestros padres, también. La necesidad de ser vistos, reconocidos y aceptados es tan antigua como la humanidad misma. Lo que cambia es el escenario. Lo que permanece es la pregunta detrás de cada gesto: ¿me ven? ¿valgo algo? ¿pertenezco?. Como psicólogo, creo que la respuesta más poderosa que podemos darle a un joven en la consulta, en la familia, en el aula, no es enseñarle a farmear mejor, sino ayudarle a descubrir que ya tiene aura, que no necesita acumularla. Que su presencia, tal como es, tiene valor real. Eso no se farmea, se construye, y se construye en vínculos reales.
Ps. Marco Andrés González
Psicólogo Clínico · Especialista en Trastornos de Personalidad y Trauma
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